Polinesia Francesa para mochileros.

El día que cumplimos nuestro sueño de conocer la Polinesia…

Que decir, habíamos estado once meses en Nueva Zelanda con la Working Holiday Visa, nueve de los cuales los habíamos pasado en un remoto pueblo al sur de la Isla sur. Winton. Nuestro trabajo era ordeñar vaquitas, ordeñar vacotas. Básicamente. De no haber visto una vaca en mi vida, me convertí en tambera, con permiso para manejar tractores y todo.

¡Nos merecíamos unas vacaciones!

Pero la historia no comienza ahí, si no, justamente por el principio. Nuestro primer día en Nueva Zelanda tuvimos una reunión de argentinos. Ahí conocimos a Melodie y Guille, una pareja de increíbles personas. Era su último día en el país y nos contaron su aventura de varios meses por la Polinesia, donde nos pasaron muchos datos, consejos, ideas… y desde ahí no se nos fue de la cabeza.

Después de seis meses en el tambo, nos empezó a picar el bicho viajero. Ya habíamos cumplido nuestro objetivo de ahorrar para recorrer el Sudeste Asiático. Pero como todo viaje, muchas de las mejores experiencias ocurren cuando no están planeada, y pasó lo que tenía que pasar. Fuimos a la biblioteca del pueblo, nuestra diversión durante algunas siestas, entramos a la página de Jetstar y ahí estaba, esperando por nosotros, una promo que nos llevaría a un país que creíamos imposible. Pero no todo era color de rosas. El pasaje era para dentro de tres meses. Había que aguantar otros noventa días con las vacas y pasar el invierno. Lo pensamos y en quince minutos decidimos por cuantos días serían nuestras vacaciones. Iba a ser nuestra fuente de energías para hacer un esfuercito más.

Nueve meses, terminamos nuestra temporada vacuna y ¡nos fuimos!

Nuestro vuelo desde Auckland nos costó NZ 700 (dólares kiwis ida y vuelta). Llegamos a Papeete, Tahiti. Un aeropuerto artesanal, nos esperaban con música y bailes. Lo primero que sentimos fue el calor. Veníamos de esquiar en Queenstown y de repente estábamos ahí. No voy a negar que se me piantó un lagrimón.  Una vez llegados, tuvimos nuestra primera experiencia con Couchsurfing. Nos quedamos en la casa de Anne, francesa, pero vivía ya hacía unos años en la isla. Otros couchsurfers estaban en su casa. Con ellos compartimos anécdotas y recorrimos a dedo parte de la isla.

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Caminos en la Isla

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El “Marche Municipal”.

El centro se hace caminando, y también existen colectivos que te llevan a varios puntos más alejados. Lo más usado por viajeros y locales, es ¨hacer dedo¨. Así hicimos nuestro recorrido hasta el Blow Hole, donde también vimos ballenas. Después llegamos a una playa de arena negra, la que nos hizo recordar cómo se formaron estas islas paradisíacas. Los volcanes y su poder para destruir como para crear.

Después de tres días, comenzaba nuestra siguiente aventura (y cuando dije que era para mochileros, no mentía) Viajaríamos desde Pappete hacia Bora Bora en un barco carguero.

Este fue uno de esos tips de los que hablaba, de los que nuestra pareja amiga nos había contado en esa reunión. Con tiempo, lo mejor era reservar para viajar en un barco carguero. Tres meses antes, llamamos a la compañía de barcos Hawaiiki Nui, y en un idioma indistinguible, entre inglés, francés, español y polinesio, hicimos nuestra reserva. El precio… menos del diez por ciento de los que nos salía tomar un vuelo. Pagamos U$D30 cuando el pasaje en avión estaba en U$D450. No había lujos, ni paredes, ni asientos. Pero las vistas fueron increíbles. Veinte horas en lugar de cuarenta minutos, pero, ¿quién nos quita lo navegado?

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Nuestro barquito de ensueño.

Llegamos a Bora Bora. La primera imagen, la que vemos en las fotos. Verde, montañas, flores. Desde puerto, hicimos dedo hasta Vaitape, ¨la Capital¨ de la isla. Recorrimos para encontrar el precio más barato en alojamiento, algo no tan fácil en una de los lugares más caros del mundo. Pero dimos con Gerard, un francés, que al vernos con mochila no rebajó el precio en un departamento con vista al mar (a dos cuadras). Nos ofreció lavandería gratis y nos prestó las bicicletas y los kayaks. Pagamos U$D200 por las dos noches. No fue una ganga, pero valió la pena.

Lo primero que hicimos fue recorrer la isla, parte de ella en bici. A la noche comimos en uno de los ¨Roulottes¨ (carritos de comida típicos de Polinesia Francesa). Barato y muy rico. Al otro día nos levantamos temprano y fuimos a disfrutar de la playa. Matira Beach es la principal y es ideal tanto para descansar y tomar sol, como para llevar patas de ranas y antiparras y disfrutar de una vida marina increíble.

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Matira Beach. Tomando sol con antiparras y patas de rana.

Ese día vimos uno de los atardeceres más increíbles que había visto en mi vida.

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Atardecer sin filtro en Bora Bora.

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Anochecer en Bora Bora.

Al otro día nos tocaba partir. Gerard nos llevó hasta el puerto, donde tomamos nuestro carguero hasta Pappete. Esos días fueron de los más bonitos que habíamos tenido en meses!

Una vez en Pappete, fuimos a almorzar al mercado, mientras esperábamos el ferry que nos llevaría a Moorea (el más económico, de los tres que había en ese momento, era el ¨Terevau¨). Otra cosa, cuando vayan, no dejen de probar el Poisson Cru, su plato típico. Se trata de una ensalada fría a base de atún crudo, con lima y leche de coco. La bebida más tomada es el agua de coco, que a pesar de no ser de nuestro mayor agrado,  la disfrutamos y mucho.

Llegada la hora de partida, nos tomamos el barco que nos dejaba en Moorea. Ya teníamos reservado el único hostel de la isla. Una habitación con quince camas y tres paredes. Así como leen, no sólo con vista al mar, todos los sentidos estaban involucrados. Siete noches por U$D100, eso si, no contaba con cocina. La primera noche compramos comida enlatada en el super, pero las siguientes, comimos en el hostel, donde tenían una carta reducida, pero una de las mejores pizzas que he probado en mi de mi vida.

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La habitación que daba al mar.

Al principio estuvimos solos, pero a partir de la tercera noche ya éramos siete. Hicimos un lindo grupo de amigos. Cada noche nos juntábamos en el deck que estaba sobre el mar y, cerveza mediante, contábamos nuestras aventuras del día.

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El patio del hostel y el deck sobre el mar. Nuestro punto de encuentro.

Lo mejor que uno puede hacer para disfrutar de Moorea, es alquilar una moto y recorrerla. Son 60 kilómetros que se pueden recorrer en un día. Incluyendo la cima de Belvedere, desde donde se tiene una de las vistas más hermosas de la Polinesia.

La ruta que bordea la isla está bien señalizado, con un cartel cada kilómetro. En el recorrido se pueden visitar playas paradisíacas, plantaciones de ananá. Se pueden observar arroyos y cascadas. La verdad, que es una experiencia increíble.

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Dándole la vuelta a la isla.

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La laguna.

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Playas.

Una tarde, nos reunimos con el grupo del hostel y decidimos hacer una paseo juntos. Nos tomamos una balsa y cruzamos a uno de los Motus (islas pequeñas de arena). Desde allí apreciamos la belleza de Moorea. Y además nos regaló un arco iris increíble que terminaba en el mar.

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En balsa al motu.

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Moorea desde el motu.

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Arcoiris

La semana se pasó volando. Disfrutamos cada momento. Conocimos, descansamos, vivimos. Después de estos siete días, nos tocaba volver a Papeete, para pasar nuestra última noche y tomar nuestro vuelo a Auckland, Nueva Zelanda. Pero todo no terminaba ahí. Una última sorpresa nos esperaba.

Nuestro último día en Papeete fue inesperado. Era domingo y no había transporte público que llegara al aeropuerto. Entonces decidimos salir con tiempo y empezar a hacer dedo. Tras algunas cuadras, y con mucho peso en nuestras mochilas empezamos a cansarnos. Tomamos el camino que recorre la costa, un paseo peatonal separado de la calle por unas paredes altas y con puertas de rejas cada cien metros aproximadamente. Cuando pasamos la primera puerta, vimos una camioneta que desde adentro nos miraban. Seguimos caminando y en la segunda puerta, estaba esperando la misma camioneta, pero esta vez nos hacía seña de luces. Nos acercamos y era una pareja que nos preguntaba hacia dónde íbamos. La suerte estaba de nuestro lado, y esa pareja sin que se lo pidiéramos, se estaba ofreciendo a llevarnos hasta el aeropuerto.

Era medio día. Nos preguntaron a que hora salía nuestro vuelo. En seis horas. Entonces fue cuando nos invitaron a comer a su casa, sin posibilidad de negarnos. Llamaron para avisar que sumaran dos platos a la mesa.

Al llegar había una multitud, ellos eran franceses, estaban sus hijos y muchos amigos de todas partes del mundo. Una puertoriqueña fue la que nos contó que eran testigos de Jehová, y que eran todos de la misma comunidad, que cada vez que viajaban se reunían. Que el habernos invitado a comer era parte de su forma de vida, ayudar a quién lo necesite. Eso fue lo único que escuchamos respecto a su religión. Lo demás fueron muchos platos de comida, cada uno con su toque local. Tres horas antes del vuelo, llamaron al aeropuerto para confirmar que el vuelo estaba en horario. Nos llevaron y nos despidieron con el collar de caracoles.

Un viaje inolvidable, sin lugar a dudas.

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Momento del despegue. Así nos despedía este hermoso país.

3 comentarios en “Polinesia Francesa para mochileros.

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